Ángel.

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Hola a todos, me llamo Ángel y soy ludópata.

 

Hace poco más de seis años me trajeron a esta asociación, me trajeron como muchos han podido escuchar a mi esposa; vencido pero no convencido:

 

  • Vencido, porque no tenía de donde sacar más dinero.
  • Vencido, porque todos los planes que tenía de hacerme rico se esfumaron.
  • Vencido, porque tuve que reconocer que jugaba.
  • No convencido, porque yo no tenía un problema, lo tenían otros.
  • No convencido, porque lo que quería era que me dejaran en paz, que pasara el tiempo y seguir jugando.

 

Desde mi infancia el dinero no tuvo para mi ningún valor; lo único que hacia con él era robarlo de la cartera de mi madre, del negocio de mi madrina o de las cestas de la iglesia cuando fui monaguillo, y gastarlo en el kiosco o en los billares. Al finalizar mi etapa de estudiante, a los 14 años, empecé a trabajar en una tienda y a fumar mis primeros porros. Como el sueldo no me llegaba, la forma de conseguir más era cobrar yo a las clientas y no entregar el dinero en caja.

 

Con 17 años ingresé voluntario en el ejército.  Las drogas las fui dejando con mucho sufrimiento, pero empecé a beber más. El alcohol, como mal consejero que es, me llevó a la pérdida de mis amigos de aquella época.

 

Después de licenciarme, con dinero en el bolso y sin saber que hacer, me dirigí a Cartagena, donde pasé una temporada entre alcohol y heroína, hasta me quedé sin nada y tuve que regresar a Valladolid.

 

Era una persona sin trabajo, sin formación, y de lo único que tenía ganas era de tener dinero y quemarlo. Como andaba sin rumbo, me fui con un amigo de mi hermano a trabajar a un pueblo de Palencia y, al igual que hacía antes, mis días fueron de alcohol y juego. No conseguía ahorrar nada y cada dos por tres perdía cualquier trabajo que tuviera.

 

A finales de 1984 conocí a la que hoy es mi pareja. Ella estaba estudiando; me presentó a sus amigos con lo que, al menos, tenía un grupo con el que relacionarme; con ella me sentía a gusto, pero el alcohol seguía en mi vida y me acompañó hasta el año 1995.

 

Los años anteriores la mezcla de alcohol, mentiras y juego eran mi día a día; fueron los primeros años de mi vida de pareja; vivíamos en Asturias y para mi la vida en pareja era como un juego. El dinero que ganaba yo, lo derrochaba;  los gastos de la casa se pagaban con el sueldo de mi compañera. Como mi dinero no llegaba para mis derroches toqué el suyo. Ella se enteró y yo me inventé un fallo de la sucursal bancaria y que, hablando con el Director, lo solucionaría. Pasaron unos días y como no se solucionaba, Ana decidió que fuéramos a la sucursal para zanjar el asunto definitivamente. Los días anteriores a esa visita, lo que hice fue jugar una cantidad enorme en cupones y loterías con el afán de que me tocara y sin saber que lo que hacía era más daño, para al final, en la puerta del banco decirla que era yo el que me lo había gastado. Las mentiras siguieron: una falsa avería en el coche, un falso atraco que denuncié en comisaría y más y más, todo para malgastar el dinero que ganábamos.

 

En 1989 volvimos a Valladolid, el cambio no fue a mejor porque el alcohol y el juego seguían bien arraigados en mi vida, esa era mi forma de ser feliz: gastar y gastar sin tener en cuenta que venía en camino nuestra primera hija, demostrando así mi total inmadurez para afrontar lo que para el resto de las personas es algo maravilloso.

 

Como os dije antes, en el año 1995, cuando mi hija ya tenía 5 años y poco antes de que naciera el segundo, Ana descubrió parte de las mentiras y engaños yo reconocí que tenía problemas con el alcohol y que lo que jugaba era por culpa de lo que bebía. Decidimos que tenía que ir a algún sitio para dejar de beber, busqué el sitio y fui voluntariamente a dejarlo y es lo que hice, nunca me integré en la asociación, ni hablé, ni pedí ayuda, solo deje de beber, con lo cual, el resto de mis problemas seguían esperando a volver a despertar.

 

El juego lo mantenía pero como un “jugador social”: algún cupón de vez en cuando, alguna primitiva, pero gastando con control.

 

Durante esos años nos habíamos apuntado a una cooperativa de viviendas y, como en el cuento de la lechera, empecé a hacer lo mismo, soñar con todas las cosas que iba a comprar con el dinero que me tocara en las loterías y los cupones. Me acercaba cada poco a ver como iba la construcción y según subía el edificio más gastaba. Poco después cayó en mis manos la primera tarjeta de crédito de la cual podía sacar hasta tres mil euros y devolver solo 100 euros al mes, algo que podía tapar fácilmente sin que Ana se enterara. Fue el fin de Ángel como persona. La búsqueda de dinero fue desde ese momento mi mayor prioridad, conseguir préstamos, tarjetas, lo que fuera con tal de llevar la cartera llena y poder llevar una vida que estaba fuera de mi alcance. Esto me llevó a jugar miles de euros al mes para conseguir mi objetivo que era hacerme millonario pero lo que realmente conseguí fue que la poca cabeza que tenía sobre los hombros la perdiera del todo. Perdí grandes cantidades de dinero y cuanto más perdía más jugaba, me aferraba a la ley de probabilidades, más cupones y loterías más fácil que me tocara. Cada noche, antes de irme a dormir, mi ritual consistía en comprobar si esa era la noche en la cual había dejado de ser un simple mortal y me había convertido en otro tocado por la Diosa Fortuna. Cuando comprobaba que no tenía ni la aproximación de la pedrea comenzaban mis cavilaciones y mis planes para el día siguiente, donde parar con el camión y poder jugar y si era en más de un sitio, pues mejor.

 

Cuando con mi nombre no podía conseguir más dinero comencé a falsificar la firma de Ana y pedí préstamos a su nombre, también utilicé una tarjeta que ella no usaba y dejarla cargada de deudas. Cuando empezaron a acosarme de forma más insistente los acreedores, telefónicamente y por correo y no conseguía dinero para hacer frente a los pagos y además seguir jugando, engañé a mis hijos con un falso viaje a Barcelona que iba a regalar a su madre para así conseguir sus ahorros, también les pedí que recogieran el correo para que Ana no cogiera la supuesta carta que contenía los billetes de avión y así las cartas de los acreedores las viera Ana. Además pedí dinero a nuestros familiares y amigos, con la excusa de falsas multas y otras mentiras y logre que no le contaran nada a Ana. La desesperación me hizo controlar al cartero, a estropear el teléfono, a no contestar al móvil y estar todo el día en tensión. Me llevo a mi destrucción total. Durante todo este tiempo no atendía a mi familia y seguía gastando y engañando a todos los que tenía alrededor. Mi afán era tener todo lo innecesario, que para mi eran cosas urgentes. Nunca hablaba con Ana de cosas importantes, no me preocupaba de mis hijos y siempre me permitía el lujo de pensar y escoger por ellos, haciendo de mi palabra casi ley.

 

Cuando en Noviembre de 2009 fui pillado, algo que no entraba dentro de mis digamos planes de futuro, me pidió explicaciones de lo que pasaba y yo le dije que jugaba pero no la conté ni la mitad de lo que pasaba. Decidimos que en cuanto pasaran las Navidades buscaríamos ayuda. Ana pensó que al igual que con el alcohol que lo dejé una vez le confesé mi problema, con esto sería igual, pero yo todavía no había dicho mi última palabra. Ella se encargo de buscar alguna asociación y yo me encargué de dar todas las excusas posibles para retrasar mi entrada en el centro. Procure estar con ella a solas el menor tiempo posible, dando vueltas con el coche hasta que sabía que mi hijo había vuelto del colegio, me encargué de seguir engañándola hasta el momento en que no hubo más excusas y me tocó apechugar e ir a que me soltaran el rollo ese de que necesitaba ayuda y todo eso, algo que yo sabía que no era cierto, que los únicos que necesitaban ayuda eran los que no querían ver que estaba apunto de hacerme rico y les podría solucionar su triste vida para siempre.

 

El día 14 de Enero de 2010 entre por las puertas de AJUPAREVA. En febrero, el dinero que mi empresa me pagaba en mano me lo jugué como un intento más para hacerme rico y lo que conseguí fue dejar una casa arruinada, casi sin comida en el frigorífico y con la notificación por parte de mi empresa, harta de que les llamaran preguntando por mi, de mi despido.

 

Después de mi acogida empecé el camino en la asociación, no creáis que fue un camino fácil. Mi actitud hacia los que tenía alrededor era casi de desprecio, no me importaba que Ana estuviera llorando y sufriendo, mi respuesta ante eso era dejarla sola y no hablar, algo que alguien llamó “violencia silenciosa”.

 

Cuando estaba solo en casa lo que hacía era revolver todos los armarios buscando el dinero y gracias a que Ana se lo llevaba no seguí jugando. En las terapias seguía con la misma actitud, no hablaba ni pedía ayuda y estaba deseando que terminara para irme a casa y meterme en la habitación del ordenador y jugar.

 

Todo empezó a cambiar el día que mi hija le dijo a Ana que con mi actitud los estaba culpabilizando a ellos del problema generado por mi ludopatía y que si el ambiente seguía tan tenso pensaba venir menos por casa. Pienso que ese fue el momento de empezar a despertar un poco, no creáis que mucho, pero a fuerza de acudir a las terapias noté que lo que la gente contaba poco a poco entraba en mi cabeza, aunque seguía sin hablar y sin pedir ayuda. El segundo cambio que hice fue mi compromiso de hablar, algo que necesitaba pero no me atrevía, creyendo que mi vida no importaba a nadie y ahora se que si importaba y se que había gente a la que mi falta de cambio le dolía.

 

Hoy treinta y dos meses después de mi entrada en AJUPAREVA y mi reconocimiento de la enfermedad que padezco y que no debo olvidar, mi vida a dado un gran cambio: no necesito para nada mentir, ni robar, ni intentar ser mejor que nadie, ni tener más que otros, lo que necesito es a mi familia y a mis amigos contentos por todo lo que voy consiguiendo. No os voy a decir que me esté costando poco, he sufrido mucho y he llorado al empezar a darme cuenta de todo el daño que hice, he tenido que cambiar muchas actitudes y sobre todo empezar a controlar mi soberbia y mi impulsividad que parecían dos caballos desbocados. He aprendido a empatizar con los familiares y a sufrir con ellos cuando los enfermos no hacemos las cosas bien, algo que al principio ni me podía imaginar, y después de 49 años empezar a saber lo que es la vida y lo que es más bonito aún, vivirla.

 

Por último os tengo que pedir a todos los que estáis luchando contra la ludopatía que no decaigáis en vuestro día a día y que ante la más pequeña duda pidáis ayuda, es la mejor forma de no volver a caer.

 

Quiero dar las gracias a todo el Equipo técnico de AJUPAREVA empezando por el Doctor Bombín y continuando por todas las psicólogas y compañeros que hacen que la asociación funcione y a FEJAR por estas jornadas.

 

También quiero daros las gracias a vosotros que, aunque no os conozco, sois parte de mi rehabilitación y por tanto de mi vida.

 

Besos y abrazos para todos.

 

Ángel Aranzana Haro

 

Valladolid a 10 de Agosto de 2012

Testimonio de un enfermo.