Nacho.

Hola. Permitid que todavía no me presente. Primero quisiera contaros una breve historia.

 

Por el año 1973, en agosto, nació el segundo hijo de una familia de clase trabajadora. Un niño que a los 4-5 años ya no podía enfrentarse a la vida. La ansiedad le dominaba. Se convertiría en una constante a lo largo del resto de su vida. Según crecía, todo empeoraba. Todo le daba miedo, la timidez le impedía ser “normal”; vivía con presión en el pecho, taquicardias, depresión, era incapaz de seguir el ritmo que le marcaba la vida.

 

Ya en la época del instituto, conoció a la que sería años más tarde su esposa, Mari. Al final, poco a poco se fue forjando una gran amistad entre ellos. Tanto, que Mari llegó a compartir con él su secreto más íntimo. El secreto oculto de Mari era que ella creía ser “la elegida”, teniendo el privilegio de poder estar en contacto con los que, a la postre, llamarían “los de arriba”. Seres que la protegían. Y que en un futuro no muy lejano, la iban a premiar con una gran cantidad de dinero, que llegaría en forma de premio de lotería y le permitiría poder vivir como ella se merecía. Pues estaba en la Tierra para ello.

 

“Los de arriba”, tenían planes para que los dos lo vivieran juntos, formando una familia. Pero había condiciones. Les iban a poner pruebas, como… tener dificultades para quedarse embarazada. O que cuando lo consiguieran, tendrían un embarazo con pérdidas y reposo absoluto. O pasar por la muerte del padre de Mari, y muchas más… Y por último, la gran prueba final. Les iban a quitar, al principio, pequeñas cantidades de dinero, para, de forma progresiva, llegar a dejarles las cuentas a cero.

 

Cuando nació el hijo, de nombre Daniel, las cosas cada vez fueron de mal a peor. Daniel fue un niño muy movido y sumado a la presión de la falta de dinero y un cambio en el comportamiento de Mari, hicieron que sus vidas fueran un infierno. Mari, fue cayendo en un abismo. Ya no se aseaba, su aspecto cada día se deterioraba un poco más. Incluso las necesidades básicas de Daniel no eran atendidas. Discusiones a diario. Desaparecía sin motivo… y todo lo justificaba con que era una prueba de “los de arriba”.

 

Ahora sí que me voy a presentar. Soy Nacho. Sí, ese niño. El marido de Mari, ludópata. También soy enfermo de fobias, sufro de ansiedad y depresión. En la actualidad estoy en tratamiento en el mismo centro que Mari… el CETRAS.

 

Un día recibo una llamada de mis padres: es mi madre. Me pregunta: “¿qué está pasando con Mari, que nos ha cogido 120 euros?”. Con esa llamada empezó mi encuentro con la realidad. Ya no se sostenía la paranoia de una ludópata. Una fantasía que para Mari nunca fue real, pero que para mí sí lo fue. Me atrapó. Lo viví como si fuera real. En esos primeros momentos en mi cabeza había demasiados sentimientos, preguntas. Y la principal… ¿por qué había permitido esto?. Lo que había hecho Mari tenía fácil respuesta. Es ludópata. Pero, ¿yo? La respuesta era que tenía trastornos en mi personalidad, añadido a la ansiedad y depresión. Lo que hicieron posible que hiciera y permitiera todo lo ocurrido.

 

Pienso que ha valido la pena todo lo que hemos pasado. Mari ha madurado. Ha cambiado su personalidad, está implicada en ayudar a los que lo necesitan en AJUPAREVA.

 

Ya es madre, esposa y amiga. Tiene los pies en la Tierra y no necesita evadirse para resolver sus problemas. Les planta cara, cosa que antes, no. Ahora está rehabilitada. Esta experiencia me demuestra que de la ludopatía se sale, eso sí… cuando el enfermo pone de su parte y así lo desea.

 

Como familiar entiendo la enfermedad. Quiero transmitir mi más sincero apoyo a todas las mujeres ludópatas. Ya que su presencia es escasa y cuando lo se produce, la mayoría de ellas tienen que realizar su rehabilitación sin apoyo familiar. A lo largo de estos años, como marido de ludópata, creo que no llegarán a los dedos de la mano, los maridos o parejas que he visto acompañar a sus enfermas a lo largo de este proceso. En este sentido, espero que la sociedad madure y se dé cuenta que la ludopatía no distingue entre sexos, edad o clase social.

 

Entiendo que fui yo quien me dejé manipular. Que dejé que pasara por no estar en condiciones para frenarlo. Que también fui coadicto, pues, sin saberlo, financiaba la ludopatía de Mari. Que hemos formado una familia fuerte y unida.  Que es mejor construir que destruir. Ahora, somos tres. Una familia que convive con la comorbilidad, que es lo mismo que decir que los tres estamos enfermos. Ya que Daniel tiene TDAH con impulsividad. Pero eso es otra historia.

 

Me considero afortunado, pues hay casos mucho peores que el nuestro. Agradecer, en primer lugar a mis padres, las palabras que, a través de mi madre, me despertaron de esa fantasía destructiva que estaba viviendo. A los familiares y enfermos de AJUPAREVA que de una u otra manera nos ayudaron en el camino. Al equipo técnico, y especialmente al trabajo de nuestra trabajadora social, Montse. Que en mi caso me dio un gran consejo cuando en mi cabeza había un gran desorden. Con una frase me hizo ver lo que yo estaba haciendo en perjuicio de mi enfermo y en el mío propio.

 

A nuestra psicóloga Sandra. Que siempre ha estado con nosotros y que la consideramos como una buena amiga. Y como no, al doctor Blas Bombín, que, con sus certeros diagnósticos, sus consejos, enseñanzas y amistad, ha sido un gran pilar para soportar la construcción de una familia que, a priori, no tenía ningún futuro. Por último a Mari, que cumplió su compromiso de no volverme a fallar si la daba una oportunidad…

 

Quisiera terminar con un mensaje de esperanza: SÍ SE PUEDE salir de esta enfermedad.

 

José Ignacio Sánchez León.

Testimonio de un familiar.